Dicen que hay tiendas que tienen alma. No sé si eso es cierto o no pero lo que sí tiene la Salvat es mucha historia. Llevamos tantos años formando parte del barrio de Santa Magdalena que, cuando abro la persiana por la mañana, siento que sigo la misma estela que empezaron mis padres allá por finales de los años cincuenta.
Ellos, la Conxita y el Jordi, abrieron primero un pequeño horno con ultramarinos. Una tienda de las de antes, donde el pan convivía con el azúcar, las galletas, la harina y las conversaciones de toda la vida.
Cuando abrieron el instituto, mis padres dijeron aquello de “i si posem alguna cosa de papereria?”, y añadieron cuadernos, bolígrafos y lo que hiciera falta para que los estudiantes tuvieran un sitio donde recurrir.
Al cabo de un tiempo también incorporaron el estanco. Así funcionaban las cosas entonces: si los vecinos lo necesitaban, ellos lo ofrecían. Sin presupuestos, sin grandes planes, simplemente porque era lo que tocaba.
A mediados de los setenta nos ofrecieron el local donde estamos ahora, y en 1977 nació la versión más reconocible de La Salvat: papelería, librería, tabacos y loterías.
Una tienda donde podías entrar a por un bolígrafo y acabar hablando media hora con mi madre mientras te preparaba una libreta, un sello y un paquete de galletas.
En 1983 me quedé yo al frente. Decir “me quedé” es un poco exagerado, porque en realidad nunca lo había dejado. Desde pequeño estaba allí, entre cajas y libretas, ayudando donde hiciera falta. Siempre recuerdo a mi padre diciendo: “Tu no pateixis, que ja aprendràs”.
Y vaya si aprendí.
Desde entonces, La Salvat ha sido mi casa, mi trabajo y una parte muy grande de mi vida. Ha cambiado el barrio, han cambiado los vecinos, han cambiado hasta los edificios (donde tenemos unos pavellones militares, que han cambiado muchísimo), pero la tienda sigue aquí, adaptándose a cada época. Y yo con ella.
Para mí, lo más importante siempre ha sido mantener ese ambiente de confianza. A veces se dice que la gente cada vez está más tensa, pero yo siempre repito una frase que ya me habréis oído muchas veces: “Fan més soroll deu de dolents que cent de bons”. Y es verdad. En la tienda entra mucha más gente buena que otra cosa.
Otra cosa curiosa de la vida es que yo nunca he fumado, ni de joven había bebido vino, y ahora tengo una sección de puros y otra de vinos. Cada vez que alguien me lo dice, me río. Pero así es como funciona un comercio de barrio de verdad: escuchas, te adaptas y buscas cosas nuevas para que el negocio no se quede quieto. Como siempre decía mi padre, “el secret és no parar”.
Y si algo tengo claro después de tantos años es que una tienda solo puede durar si no te agota. Siempre digo: “La manera de tenir un negoci és que no et cansi”. Por eso voy cambiando, trayendo novedades, moviendo estanterías… para que cada día tenga algo diferente. Si el negocio se vuelve rutina pura, se nota. Y la gente lo percibe.
Porque si algo define a La Salvat desde el primer día es que aquí no solo se compran cosas. Aquí se conversa, se conoce a la gente, se respira el barrio. Y eso, mientras dependa de mí, no cambiará.
Así que bienvenidos!!